Hoy, en este poyete de la plaza, frente a la escuela, quiero recordar al viejo Miguel.
Aquí se pasaba el día esperando a que su nieto, aquel pequeño de babero blanco y cartera a rastras, saliera del colegio. ¡Sólo un día faltó!
Y el pequeño, en su cándida intuición, con la cartera más perezosa que nunca, al verme, exclamó: ¡Se ha muerto el abuelo!
Ahora lo recuerdo y, en sus ojos ruinosos, una mirada opaca que no obstante, sonreía. Y unas palabras siniestras en sus labios de un adusto ocre: Niña, ¿yo qué hago ya aquí? Otra cosa era cuando estaba la principal. Ella me quería, ella…
Y frías lágrimas congelaban su mirada y ahogaban sus palabras.
Sí, comido de arrugas, comido de achaques... ¡Sólo un día faltó!
El día que dejó este poyete, nos dejó a todos y se fue con la “principal” que en algún lugar, de alguna manera, lo esperaba.
¡Quién tuviera tanta fe! Seguro, seguro que un, una “principal”, entre luceros y estrellas, nos estaría esperando al otro lado de la vida.
Aquí se pasaba el día esperando a que su nieto, aquel pequeño de babero blanco y cartera a rastras, saliera del colegio. ¡Sólo un día faltó!
Y el pequeño, en su cándida intuición, con la cartera más perezosa que nunca, al verme, exclamó: ¡Se ha muerto el abuelo!
Ahora lo recuerdo y, en sus ojos ruinosos, una mirada opaca que no obstante, sonreía. Y unas palabras siniestras en sus labios de un adusto ocre: Niña, ¿yo qué hago ya aquí? Otra cosa era cuando estaba la principal. Ella me quería, ella…
Y frías lágrimas congelaban su mirada y ahogaban sus palabras.
Sí, comido de arrugas, comido de achaques... ¡Sólo un día faltó!
El día que dejó este poyete, nos dejó a todos y se fue con la “principal” que en algún lugar, de alguna manera, lo esperaba.
¡Quién tuviera tanta fe! Seguro, seguro que un, una “principal”, entre luceros y estrellas, nos estaría esperando al otro lado de la vida.