La cultura, la escritura, la lectura y su fomento son los pilares del Blog.
Las entradas del Blog son principalmente:
| Presentaciones online de libros | Aportación de poesía y relatos originales | Recomendaciones culturales y de lectura | Opinión y crítica literaria | Programas de fomento de la lectura y la escritura |

Los miembros del Blog tienen libertad en sus opiniones siempre que se ajusten a la temática y cumplan con unas normas básicas de respeto y de ética.
En nuestro Blog se valoran todas las ideas de los miembros y se trabaja en equipo.
Se permiten nuevas incorporaciones mediante la proposición de los integrantes.
| contacto |

Mostrando entradas con la etiqueta Concurso de relatos cortos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Concurso de relatos cortos. Mostrar todas las entradas

martes, 30 de junio de 2009

Doce no son diez (Relato del otro lado)

Doce no son diez (relato del otro lado)
Pasear es un buen deporte; sobre todo pasear durante la atardecida, sobre la playa, con los pies descalzos pisando el agua del mar, la mirada puesta en el horizonte, relajada, viendo sin mirar, jugando con los pensamientos que afloran espontáneamente sin querer pensar; o mejor, haciendo que agua, mar, camino y pensamiento sea todo una forma de jugar. Ese es el deporte preferido por ella, la muchacha que, ataviada con un amplio vestido que le llega hasta media pierna, lleva un libro sujeto con el brazo haciendo una leve presión con el codo. Vista desde lejos parece una mujer irreal, un personaje femenino sacado de un cuento. No se sabe por qué, pero todas las mujeres de los cuentos tienen el cabello rubio, excepto las brujas; mas la protagonista de este paseo marítimo luce una melena negra, muy negra, corta pero llena de vida, como llenos de vida parecen estar cada uno de sus rasgos físicos, sobre todo su sonrisa. A su lado camina un hombre de edad madura que ha recogido sus pantalones dándose unas pocas vueltas. Ambos llevan en las manos, ella en la derecha y él en la izquierda, sus zapatos o sandalias. De vez en cuando, como si fuese parte de su conversación, ambos levantan sus cabezas para observar a la luna, ahora en cuarto creciente.
- Maestro, dijo ella, te voy a hacer la pregunta que todo el mundo se hace alguna vez pero cuya respuesta concreta jamás he podido leer o escuchar, ¿qué es vivir? Y otra más del mismo tipo, ¿para qué estamos aquí?
- Verás, mujer, dijo el viejo maestro a la inquieta muchacha de ojos que todo lo cuentan, de gesto que todo lo habla y de labios que todo exigen, verás, ni siquiera los sabios del mundo han logrado dejar claro y sin ambigüedad qué es vivir y para qué estamos aquí. Sin embargo, se cuenta en la mitología que el gran padre Zeus tenía en el dedo medio de su mano izquierda un bello anillo en el que estaba grabada la siguiente frase: Diez no son doce.
La bella mujer que tanto había luchado para serlo, no bella sino mujer, solicitó que su viejo maestro le sacara de sus dudas y, con un hilillo de su envolvente voz, suplicó.
- Maestro, ¿qué quiso decir Zeus con esa frase escrita en su anillo?
- ¡Buena pregunta! Tu pregunta es buena porque has usado la lógica para formularla. Pues bien, con esa frase Zeus quiso darle lógica al mundo, la misma que tú has empleado para formular la pregunta. Vivir es usar la lógica y a través de ella sabemos que el hombre anda sobre los dos pies, la nieve enfría y lo caliente quema.
- ¿Acaso vivir es usar siempre la lógica, querido maestro?
- ¿Crees tú que estaríamos dando este hermoso paseo si vivir fuese sólo usar la lógica? No, querida amiga, no. Pero la has empleado para entender que existen cosas en la vida que se salen de la lógica. Porque, ¿cómo explicar que el hombre honrado cumple con su deber, que el audaz se impone al débil y que el hombre necesita al hombre para cumplir sus grandes fines, que mil gotas componen el mar y que mucha agua mueve molino?
- Entonces, dijo la jovencita, el mundo está lleno de cosas lógicas y de otras no lógicas, y si esto es así, qué conducta debo tener yo?
El viejo profesor parecía atrapado porque no es necesario usar la lógica para entender todo lo que los sentidos son capaces de conocer, ni para comprender que no existe una moral sino cientos de ellas, tantas como sean necesarias para justificar en cada momento lo injustificable. Tampoco existe una única filosofía que explique el mundo, ni un profesor que lo aclare todo desde su cátedra. Tampoco los problemas son resueltos por la política, ¿qué hacer, qué decir?
- Verás, mujer, dijo el viejo maestro, escucha y entiende bien, lo único que mantiene al mundo es la propia naturaleza. De esta forma, vivir debe ser identificarte armoniosamente con la propia naturaleza, formar parte de ella, entender lo que te dice sin palabras.

Éste es el sueño que acompaña cada noche el sereno dormir de la joven. Cada noche se repite incansablemente y cada mañana, al ver a su viejo amigo le dice:
- Buenos días maestro, esta noche también me ha hablado la luna.

sábado, 20 de junio de 2009

MI MOSCA

Seis de la mañana. Bastante noche todavía. Bastante frío.
Mi cálido rincón junto al ventanal del fondo en mi cafetería de cada amanecer. En los cristales, bailoteo de colores de las maquinas de juego que se confunden con las sombras de los álamos en la Avenida, con los aromáticos vapores de mi café....
En la esquina, la mujer del perro: sola, extática, oscura...
De vez en cuando, gente que entra, gente que sale... Coches que pasan, semáforos, farolas, ecos, siempre ecos que, como estrellas fugaces, surcan y decoran este mi escenario de ayer, de hoy, de mañana...
Flores nuevas, recuerdos, suspiros, esperanzas... siempre.
Sí, aquí seguiré enlazando los placeres de esta hora, notando cómo el vientecillo tan frío de la mañana es soplo que acelera el río que es mi alma, viajera de estaciones que vibran por horizontes de auroras errantes, hadas compañeras de mis días...
¿Una mosca? ¡Tan chiquitina! ¡Tan madrugadora! ¡Tan cariñosa!
Una mosca que se desliza por el cordón de la persiana y de vez en cuando huye, desconfiada, inquieta...
¡No me temas, chiquitina! No podría hacerte daño, porque también para ti la vida es una oportunidad, porque, seguro, te sientes tan frágil, tan sola como yo...
No, no me temas; no puedo perderte: ¡Vive, vive...!
Tú ya eres paisaje en el jardín de mis silencios.
Tú ya eres compañera en esta hora indescriptible, maravillosa... de mis amaneceres.
Tú ya eres, para siempre, mi mosca ¡Vive, vive...!
¡Mira, mira cómo se crece en escena el día! Sí, ya llega, maravillosa, sin ruido, la mágica luz del alba.

domingo, 14 de junio de 2009

EL HORMIGUERO


La mañana, a esa hora temprana, era como la caricia de una mano fría y húmeda sobre su rostro. Apenas había tráfico y los pocos viandantes con los que se cruzaba llevaban aún el peso del sueño en sus ojos. Sentía que cada uno, acudiendo a su trabajo, ensimismado en su mundo, era único, diferente, pero que todos tenían algo en común: el hormiguero absorbente de la gran ciudad.

Cada vez estaba más convencida de esa similitud. Todos eran hormigas. Su papel de hembra fecundada por el macho la convertía en reina, una reina que perdió sus alas tras la cópula, del mismo modo que asistió impotente a la “muerte” de aquel “macho fecundador”, ahogado en rutinas y trabajo… ¿en rutinas y trabajo?. Usurpadora del papel de hormiga obrera, ni siquiera su condición real, la libró del trabajo de sacar adelante su progenie, mantener limpia la galería y proporcionarles el alimento necesario.

Al entrar en el metro, el cálido vapor que desprendía, la despertó de aquellas elucubraciones matinales. Aún tenía dentro el aguijón del dolor, aún le quemaban las lágrimas de la noche pasada; a pesar del maquillaje, su aspecto denotaba la derrota producida.

Era inútil disimular que nada pasaba cuando la prueba de su fracaso estaba allí, en el fondo de su bolsillo, arrugada con rabia dentro de su mano, como si quisiera hacerla desaparecer a base de estrujarla. La enésima evidencia de la traición. Una factura, una llamada perdida, el aroma de otro perfume que no era el suyo…y aquélla nota, encontrada en la almohada al despertar, la confirmación.

Al llegar a la oficina y sacar su mano del bolsillo, contempló la huella de sus propias uñas clavadas en la palma. Aquélla mano receptora de sus manos, cuando ella, antigua ninfa mimada, era todo un universo en su mínima existencia para él, como la hormiga, desconocedora total de su propia limitación.

¿Sería posible la regeneración de sus alas? Si el macho, renacido, volvía a su función, entonces, por qué no podría ella desplegar alas nuevas, en un intento desesperado de revertir su vida al mismo punto de partida.

El hormiguero era muy grande, y podía marcar su camino con ácido fórmico, para que si alguien quisiera seguirla, lo hiciera.

Quizás sería conveniente no ver ningún documental de vida animal durante algún tiempo. Dispersaba sus ideas.

viernes, 12 de junio de 2009

Almoneda


La llave de hierro estaba tan oxidada que costaba hacerla girar en la cerradura, demasiados años sin usar. Al fin, la puerta se abrió, estaba encajada y tuvo que darle un empellón seco, luego aquel sonido desagradable de la madera arrastrándose por el suelo, en el último intento, pensó ella, de preservar el recuerdo, la burbuja del pasado, puerta guardiana, centinela de la historia de su propia familia.

Tuvo la sensación de cruzar el umbral del tiempo, volver a sus quince años. De pronto, revivieron aquellas sensaciones que creía perdidas, pudo comprobar que estaban allí, en cada grieta de la pared, en cada surco de su memoria: el aroma del cocido de la abuela, el sonido de su voz contándole viejas historias, la hora sagrada de la novela “Simplemente María” que juntas escuchaban pegadas a la radio mientras la abuela hacía interminables labores de crochet. Veranos de paseos por la vega, de hurtar ciruelas y salir corriendo, de suspensos en matemáticas y exámenes en septiembre, de amores que duraban lo que duran las vacaciones. Una tarde, cogiendo moras de zarza, su primer beso.

Las escaleras crujían al subir a los dormitorios; en el cajón de una vieja cómoda encontró una caja metálica llena de cartas, gastadas cartas, que su abuelo escribía desde Hessen (Alemania), donde emigró en busca de sus sueños.

Arturo apuntó la posibilidad de convertirla en casa para turismo rural, pero ella desechó la idea, mejor venderla, el dinero les vendría bien, iría al pueblo y haría los trámites necesarios. Ahora, allí sentada, en aquella cama de colchones de lana y dorado cabecero, se preguntaba ¿Cómo tener la fuerza suficiente para desprenderse de aquel legado? ¿No sería un sacrilegio hacer almoneda de todo aquello?.

Abrió las ventanas de par en par y dejó entrar el sol del mediodía; entonces, la luz insufló vida y como una corriente se extendió por todas las habitaciones, la casa no estaba deshabitada, sólo dormía. Oyó el cacareo de las gallinas en el corral, un trajín de pucheros en la cocina, y, de fondo, la melodía anunciadora de la novela en la radio.

Tal vez a sus hijos les gustaría venir una temporada al pueblo durante las vacaciones. El testigo que tenía en sus manos no era ni para siempre, ni para ella sola, era el cordón que la unía a la historia de los suyos.

Imagen: Una casa en el pueblo de Maribel Florez Bielsa

jueves, 11 de junio de 2009

Perseguido

Los viejos cordones deshilachados de mis zapatos reptaban por las frías baldosas de aquel suelo de motel.
Parecían querer salirse de los pasadores, como perros atados a un árbol zafándose de sus correas.
Todavía podía sentir el palpitar de mi corazón latiendo confuso y descordinado con relación a mi respiración.
Estaba magullado, drogado y en busca y captura por aquellos mercenarios infames.

-Click.

Desde mi silla percibí el sonido leve de una campanilla anunciando que el ascensor se ponía de nuevo en marcha. Mi patata se volvía a avivar. Un escalofrío recorrió mi espinazo llegando hasta el talón.

Contemplo fijamente al cuadro de la pared; es un cuadro grande, hermoso, con la figura de un payaso.
Tiene una mirada melancólica como si quisiera decirme algo, lo noto un tanto acongojado.

-Debo estar alucinando...

Tenía que ocultarme en algún sitio que fuera medianamente seguro.
Me levanto torpemente y piso uno de mis cordones con el otro zapato, con el consiguiente traspié y estruendo, a la vez que vuelve a zumbar el maldito sonido de la campana del ascensor.

-¡Crash!.

He destrozado involuntariamente el espejo del armario con mi cabeza de alcornoque y mi torpeza habitual.
Me sangra abundantemente mi mano derecha, la abro y cierro, siento el pulso enérgico.
Retiro desde el suelo de un zarpazo las cortinas y me asomo al balcón.

-Mierda, demasiado alto- rumio para mí.

Sopeso la posibilidad de invadir la terraza de al lado, pero tarde o temprano me encontrarán.
Mi visión se vuelve borrosa y siento como mi tensión comienza a bajar.

Lo único que recuerdo cuando me desperté fue un agrio sabor en los labios, ese día comprendí a qué sabe mi propia sangre...

lunes, 1 de junio de 2009

VENTRÍLOCUO

Deslizaba la mano por la espalda de su monigote aparentemente inerte con absoluto respeto,
conforme iba subiendo la mano por el dorso, éste hacía lo propio con su cabeza hasta quedarse
totalmente erguido sentado en aquel desgastado taburete.
Era un ventrílocuo diletante.

Empieza la función:
-Ejem, buenas noches, soy Gretel pero no el de Hansel y Gretel, ni tan siquiera el inventor de las franquicias Gretel,
aunque a juzgar por el tamaño de mi panza ninguno de ustedes negaría que he arrasado con todas las cortezas del establecimiento.
-¡jajajajaja!
-No os riáis si no tenéis ganas, dejad de ser cínicos. Aquí no se os da bocadillo y bebida gratis por venir a verme.
-¡jajajajaja!, muy bueno- vociferaba uno desde el fondo del bar.

Tímidos aplausos...
-Pero que carajo, ¡esto es un espectáculo lamentable!.
-Bueno hoy os contaré un fragmento de la efímera historia de mi vida, en realidad, crecí en una familia humilde de un barrio destinado a la degradación diaria.
-Aunque el más tonto te hacía un reloj.
-Y yo era el más tonto entre los tontos, sin duda alguna; pero no sabía hacer relojes, mas bien sabía robarlos.
-Debía tener unos nueve años y unos dedos tan finos y ágiles como los de un pianista.
-Cada vez que acechaba a una posible presa, clavaba mis ojos en ella y no cesaba hasta que conseguía mi triunfo.
-Tenía muchos trucos, pero mi preferido era el de hacerme pasar por un vendedor de palomas blancas para soltarlas en bodas.

El público que abarrotaba el bar permanecía atento al títere, olvidando así el esfuerzo disimulado de aquel ventrílocuo por no mover sus labios.

-Las llevaba en dos jaulas, una en cada mano, el asa era de hierro oxidado y con el paso del tiempo
fue haciéndome una molestas llagas en las palmas de mis tiernas manos.
-No tenía mucho aprecio por las palomas, es mas, ya no aguantaba por mucho más tiempo ese graznido arrítmico e incesante.
-Y como cagaban, ¡joder!, era una sensación vomitiva, cada diez pasos tenía que vigilar mis impolutos zapatos entre
las rejillas de las jaulas para verificar que seguían en el mismo estado.

A lo lejos podía llegar a distinguir un acontecimiento en aquella iglesia centenaria.
-Una boda, esta es la mía -pensé ansioso-.

Me oculté como pude entre aquella marabunta de invitados, nadie parecía percatarse de mi presencia.

Ya estaba en el pórtico.

Había hombres y mujeres con trajes y vestidos finos y elegantes, todos reían, parecían divertirse; esperaban expectantes la salida de los novios mientras guardaban en sus puños granos de arroz.

Fijé la mirada en una pareja con aspecto nórdico.
-Estos son -asentí para mí-.

La salida de los novios no se hizo esperar, salían de la mano con sus caras radiantes de felicidad.
Y ahí estaba yo, cubriéndoles las espaldas a mis víctimas.

Solté las palomas al aire y todos los presentes se quedaron entusiasmados y boquiabiertos mirando al cielo.
Eso era precisamente lo que necesitaba......distracción.
A la vez que mi mano izquierda hurgaba ágil en el bolsillo trasero del pantalón del caballero, mi mano derecha escarbaba en
el fondo del bolso de la señora.
Ya tenía mis dos trofeos.
Me introduje ávidamente el botín en la faltriquera de mi pantalón y cerré las puertas de las jaulas.

Por las palomas no preocuparos, sabían de memoria el camino de vuelta a casa.
De algo servían aparte de defecar...

Aplausos.

OBJETIVO: MORIR

Le venían siguiendo los talones. Oía sus pasos precipitarse hasta la puerta. Desde la barandilla hizo un cálculo rapidísimo de la distancia que le separaba hasta el toldo del piso inmediatamente inferior. Podía conseguirlo si daba un salto seguro, con cuidado de no caer fuera de la superficie de aquella salvación de rayas verdes y blancas que le ofrecía el destino. No lo pensó dos veces, se precipitó hacia abajo, con el corazón en la boca y los dientes apretados. ¡Tuvo suerte! Se deslizó hacia el borde del toldo y de otro salto alcanzó la terraza del piso.

Acurrucado en un rincón, oía voces al otro lado de la puerta, intentó estirar el cuello y comprobar quién hablaba. Era una familia, dos niños de unos 3 y 7 años, más o menos, jugaban en la alfombra. Un hombre leía el periódico, mientras la mujer miraba el televisor, ambos tendrían unos treinta y tantos años. Sintió envidia.

Dudó entre seguir huyendo por el exterior del edificio o entrar y explicarles la situación, por otra parte poco creíble. El tiempo apremiaba y tenía que pensar. Si seguía saltando, se exponía a que algunos de sus perseguidores estuvieran esperándole abajo y que toda la operación se fuera al garete. Si entraba, la vida de esas personas podía cambiar para siempre, nadie les dejaría hacer preguntas comprometidas que pusieran en peligro el trabajo de años de investigación. Ni unos ni otros, permitirían que conocieran la verdad.

El futuro de esa familia estaba en sus manos, la premura de la decisión que tenía que tomar le hacía sentirse tan mal que súbitamente empezó a sudar. Oía pasos arriba, probablemente ya habrían descubierto el cadáver de su camarada y estarían asomándose por la ventana. Afortunadamente, el toldo le escondía.

Quedaba una tercera opción, siempre latente, para la que nunca se está preparado, la que se interpuso entre él y el deseo de formar una familia, de llevar una vida normal. Tomó una maceta y con una pinza de la ropa hizo un hueco en la tierra, metió el microfilm y lo tapó. No debían encontrar tierra en sus uñas, si le hacían la autopsia. Eran unos diez pisos, no fallaría. El siguiente objetivo era: morir. Lo demás, ya era cosa del azar.

sábado, 30 de mayo de 2009

MICRORELATO: MAMARRACHO

MAMARRACHO

Él, piel negra, ¡muy negra! Él, disfrazado de no sé qué, a pie de semáforo, ¡horas, muchas horas1, de pobreza y rigores, con la mano extendida de ventanilla en ventanilla.
Yo, en mi cafetería habitual, arrellanada en cómodo sillón, justo frente a él, piel blanca, buen desayuno y con mis Euros precisos en el bolsillo.
Él no me veía pero yo lo miraba. No, no –repetían gestos dentro de los coches.
En un instante de mi desconcierto, él y yo nos encontramos frente a frente:
-Dios se lo pagará, repetía de mesa en mesa.
-Si quiere –le sugerí-, puede tomarse un desayuno; lo invito.
De pie, como si temiera allanar terreno que no le perteneciera, se precipitó a mi generosa ofrenda.
Alguien, a medias palabras, exclamó: ¡Mamarracho!
Él, de piel negra, ¡muy negra!, disfrazado de no sé qué, a pie de semáforo parecía disculparse suplicante: ¡Dios se lo pagará! ¡Dios se lo pagará! Él, mamarracho, ¡maldita sea! en su nada existencial, tropezó con una piel negra, tropezó con la mala pata de un mundo perdido en el mapa de los hombres, tropezó con la vida.
Yo, en mi cafetería habitual, arrellanada en cómodo sillón, justo frente a él, piel blanca, buen desayuno y con mis Euros precisos en el bolsillo, sentí que él y yo éramos hijos de una misma creación, con tropiezos, sí, por distintos caminos y por primera vez en mi vida, me sentí auténtico mamarracho.

jueves, 28 de mayo de 2009

Desde la periferia. Cuento para despistados

Nunca había estado en una frutería de barrio pero tengo que decir que ha sido todo una experiencia alternativa para apuntar datos de tesis citadina.

De entrada, había que recoger un número para comprar la fruta pero el aparato expendedor estaba a prueba de personas altas. Una señora reclamaba contra la gracia escorada y “alta” del aparatito. Todas hablaban mezclando el cotilleo con las frutas: Los pepinos a cincuenta céntimos liados con el último escándalo de la nuera, los tomate rebajados y rojos con las vacaciones del vecino, y así todo el foro de la tienda.

Por un momento comprobé que todo estaba revuelto y colapsado en el estrecho espacio de la frutería “Mari-Sol”. Los dueños eran tan peculiares como el ugar: Ella, la frutera, una mujer atractiva, embarazadísima y con ganas de vender toda la mercancía; el frutero, un segundón con cara de buena gente que aceptaba resignado el papel de marido seguidor. Y en medio de todo un servidor que, por instantes, tenía ganas de desaparecer.

En un momento, sin saber como, los números cobraron celeridad. Todo se explicaba, la compradora compulsiva que estaba en traces salió desde el frente del mostrador,marido incluido, con un gran cargamento de verduras y hortalizas, como si se preparan para la guerra o para una "reventa" a domicilio. No era una verdulera, ni una “verdolaria”, era una compradora sin más con ganas de aprovechar las rebajas del miércoles. Sin ella, el reducido espacio de la tienda se amplió. Y la Mari-Sol descansó de semejante carga.

En un estremo, al lado de una caja de melones, la conversación seguían su ritmo, mecánico y casino, de críticas de barrio. Todas recitaban el mismo estribillo impenitente: la subida de los precios. Una paradoja, todas permanecían allí, gastando el dinero,fieles a la llamada de las rebajas de frutas y no en sus casas boicoteando la economía. Pero, a los españoles siempre nos privó lo prohibido, lo marginal, por esto aunque importaba reivindicar la tragedia de las amas de casa, mártires azotadas por la economía desastrosa del gobierno mundial, ellas estaban allí gastando lo que no tenían. Cosas que pasan.

Una verbena esta frutería,pienso que como cualquier otra. En sí todos los establecimiento de esta suerte tienen su cariz propio. De todas formas, este "tragín verdulero", resultaba ser un sufrimiento especialmente para los que vamos siempre con prisa. A lo mejor, para los antropólogos puede que estos lugares sean los mejores para medir-frustraciones sociales. A decir verdad, el espacio de este o de cualquier lugar, con verduras y frutos, es peculiar. Será porque el color verde es sedante.

jueves, 21 de mayo de 2009

SUPERSTICIONES


Martes 13 de junio,
me levanto de la cama con el pie izquierdo
como de costumbre,
me visto deprisa,
hace un día caluroso,
algo me dice que va a suceder un acontecimiento desagradable,
lo intuyo,
en mi mente no dejan de venir flashes y flashes del incidente.

Me sirvo mi tazón diario matinal de cereales ahogados en abundante leche,
al introducirlo en el microondas derramo el bol,
con mi consiguiente enfado y serie de blasfemas variadas.

Me visto y bajo a la calle,
un gato negro y viejo se cruza fugaz en mi camino con ojos cristalinos y verdes como la hierba,
se esconde debajo de un coche atemorizado,
sospecho que él también intuye algo,
a su edad seguro que ya ha gastado cinco vidas.

Al pasar por el restaurante de la esquina,
alcanzo vagamente a ver al camarero,
vertiendo la sal sobre la mesa de un solitario cliente en un intento malabarista para evitarlo,
pocos metros mas adelante atisbo un andamio,
lo esquivo a duras penas entre la muchedumbre
a la vez que una pareja de origen oriental me impiden avanzar,
con su paraguas abierto,
evitando así que el sol acaricie su blancuzca y delicada piel de melocotón,
andan delante mío con un ritmo cansino y autista,
hablando no sé que idioma,
me suena a chino,
apuntan fascinados con sus dedos a todos los edificios de más de treinta alturas,
¡jodidos rollitos!.

Entro a la panadería y observo detenidamente que la escoba está cambiada de lugar,
detrás de una puerta situada al revés,
cruzo los dedos y toco la madera del mostrador,
¡Dios me bendiga en este día insufrible!,
desando mi camino y vuelvo a casa con mi pan,
me dispongo a subir y antes de ensartar la llave en la cerradura,
golpeo tres veces la punta contra el pomo,
buena suerte,
o eso creo.


Me desvisto y me doy cuenta de que mis calzoncillos están del revés,
voy al váter,
me miro al espejo y examino el pequeño derrame en mi ojo derecho,
me lavo la cara
a la vez que el agua purifica mi arrugado rostro,
escucho el frenazo de un coche en la calle,
lamento incesante de ambulancias...