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martes, 24 de noviembre de 2009

El hombre que caminaba con la cabeza gacha

El hombre que caminaba con la cabeza gacha

El hombre de mediana edad iba caminando por la calle principal de la ciudad, que iluminaba sus escaparates llenos de colorido, con la cabeza gacha; no parecía estar interesado en lo que sucediera a su alrededor. Tampoco iba pensado; su mente parecía vacía de acontecimientos pasados o presentes. Mirándole a los ojos, nadie se atrevería a afirmar que la nostalgia, o la melancolía, hubiesen hecho escala en él.
A mí, que soy un observador de realidades que cuento después, su visión me inundó de desasosiego. Yo soy de los que pienso que los sentimientos, las sensaciones y las actitudes parecen llenar el aire que respiramos, como los virus y las bacterias, y nos infectan de vez en cuando, sin que ello suponga haber contraído enfermedad alguna. Simplemente, se introducen dentro de nosotros y nos hacen sentir alegría, tristeza, amor, odio, felicidad, infelicidad, credulidad, etc., mientras estén dentro de nuestros cuerpos. A diferencia de las bacterias, estas sensaciones no son patológicas. A diferencia de los virus, sobre todo los retrovirus, no ponemo a nuestros organismos a trabajar para mantener tales sensaciones, sentimientos o actitudes. Solamente experimentamos sus efectos durante el tiempo que son nuestros huéspedes.
Pero el hombre de mediana edad iba caminando de tal guisa y yo no podría dirimir si se dirigía a algún lugar, absolutamente vacío de tales cualidades.
Yo imploré a la vida para que su espíritu se contaminase con alguna de esas características humanas que van volando por el aire, como las hojas amarillas que caen en otoño.
Soledad, pensé, su cuerpo está lleno de ella.
Sin apenas darme cuenta de lo que había pasado, vi como una mujer de mediana edad, cargada con varias bolsas de plástico llenas de compras, y el hombre chocaron, o tropezaron, o hicieron por toparse. Él ayudó a la mujer a recoger todas las cosas del suelo y esbozó una sonrisa amistosa. Se dijeron adios pero el hombre de mediana edad continuó su lento caminar con la sonrisa en los labios.
A partir de ese momento tenía algo para recordar con agrado.

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