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miércoles, 8 de diciembre de 2010

Yo soy maestra y punto

                                                  MADRE Y MAESTRA
Sin reparos y a boca llena lo repetían dos maestros de toda la vida. ¡Ya está bien de llamarnos maestros; somos profesores! Ni una palabra que quitar o poner. Sencillamente, algo así como un sentimiento de pena. Es innegable que para muchos maestros, la palabra profesor es, en el terreno titulesco, como de más alto ´standing´, ya que confesarse maestros a secas resulta un término menor o como una evocación nostálgica a manidas batas blancas, canturreos, pizarras, etc. ancestrales. ¡Bravo, bravísimo! ¡Así se habla! ¡Son ustedes unos señores profesores!

Pero no queda ahí la cosa sino que una linda estudiante me escribe y me dice textualmente: Soy alumna de la Facultad de Ciencias de la Educación en la que me gradúo para profesora de Educación Infantil, etc. Y, claro, interiormente, traduzco: estudia para maestra. ¡Vueltas y más vueltas para evitar una de las palabras más hermosas que existen: maestro/a!

Y es que, sobre todo de cara a muchos jóvenes, la palabra maestro va de la mano de una serie de desvaluaciones sociales que se corresponden con la cultura, economía, sociedad de tiempos pasados pero que ni tan siquiera entonces dejaba de ser, no solo una vocación, que para muchos era sinónima de apostolado religioso, sino que siempre ha sido y será un arte, una facultad, una compleja profesión en la que el mayor bien de los seres humanos pasa por sus manos: el futuro.

Educar es como tallar un alma, buscando que en ella resplandezca la belleza en todo su magnificencia, y para ello se precisa, mucho trabajo, gran inteligencia, creatividad, paciencia, formación y un gran amor.

Un maestro de la escultura, me dedicó una preciosa talla en madera que tituló, Madre y Maestra. Creo que no hay dúo de palabras más perfecto y bello. Por eso luce en lugar preferente de mi casa y por eso, profesionalmente, me defino como maestra y punto.


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