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jueves, 23 de abril de 2009

En el Día del Libro



UN HACHA PARA LORENZO

Relato basado en un hecho real.
Isabel Agüera Espejo-Saavedra

El Hospital Provincial huele a devueltos, a leche caliente, a sopa del cocido... El hospital es, una arcada que transmuta en hipos, eructos, náuseas con sabor, con olor a caramelos de eucalipto en un insoportable revoltijo de medicamentos viejos. El hospital a las ocho de la tarde, en esta novena planta, todo ventanas, cielo, nubes pájaros... es como una inhóspita nave de silencios, miradas insomnes, suspiros que rezan, que lloran, y se pierden en el infinito susurro de las horas de nadie, que se estiran, que se agigantan, que se tornan agonía y muerte.
Ayer yo no conocía a Lorenzo. Hoy, en un repente, en un instante de mi desconcierto, la muerte y yo nos hemos sentado frente a frente en un atardecer de silencios y nubes.
Él, una calva que se hunde eternamente sobre su hombro derecho. Él, un cáncer que alimenta una botella de suero. Él, un puñado de pellejos que se revuelven en mantas azules que apestan en una mezcolanza de apocalípticas repugnancias. Él, sobre todo, un cigarro que no se apea de su media mano libre de esparadrapos y agujas. Yo lo que quiero es un hacha y no me la dan –repite en un baboseo de palabras-. Me quitaron un pulmón, me quitaron el páncreas, ése, como se diga, y ahora la gangrena… ¡Un hachazo y es lo que quiero!
Ayer yo no conocía a Lorenzo… Hoy, sentada en este viejo sillón corinto de eterno chirriar, mecedora de mis largos miedos, noto el reverberar de cuerpos y almas, y son como el lamento de todo un universo de dolor en el que un Dios se pierde tras las estrellas apagadas en el caos de la desesperación.
Hoy, yo, en este regazo donde palpitan rumores de tempestades y lágrimas, de ojos sin más faro que el pequeñísimo vuelo del milagro, miro a Lorenzo y Lorenzo me mira: ¿Para qué quiero vivir, niña? Me tenían que haber cortado las manos a tiempo. Yo lo que quiero es un hacha.
Y yo entiendo el humo de sus cigarrillos que ni tan siquiera puede sostener entre sus dedos, huesos largos, pajizos, agonizantes. Y sin respuesta, quisiera que esta nave despegara en busca de una creación nueva, a la orilla de otra playa donde Lorenzo encontrara su nueva oportunidad y volviera a ser vida.
Y quisiera, ¡maldita sea!, un hacha para Lorenzo.

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