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viernes, 12 de junio de 2009

Almoneda


La llave de hierro estaba tan oxidada que costaba hacerla girar en la cerradura, demasiados años sin usar. Al fin, la puerta se abrió, estaba encajada y tuvo que darle un empellón seco, luego aquel sonido desagradable de la madera arrastrándose por el suelo, en el último intento, pensó ella, de preservar el recuerdo, la burbuja del pasado, puerta guardiana, centinela de la historia de su propia familia.

Tuvo la sensación de cruzar el umbral del tiempo, volver a sus quince años. De pronto, revivieron aquellas sensaciones que creía perdidas, pudo comprobar que estaban allí, en cada grieta de la pared, en cada surco de su memoria: el aroma del cocido de la abuela, el sonido de su voz contándole viejas historias, la hora sagrada de la novela “Simplemente María” que juntas escuchaban pegadas a la radio mientras la abuela hacía interminables labores de crochet. Veranos de paseos por la vega, de hurtar ciruelas y salir corriendo, de suspensos en matemáticas y exámenes en septiembre, de amores que duraban lo que duran las vacaciones. Una tarde, cogiendo moras de zarza, su primer beso.

Las escaleras crujían al subir a los dormitorios; en el cajón de una vieja cómoda encontró una caja metálica llena de cartas, gastadas cartas, que su abuelo escribía desde Hessen (Alemania), donde emigró en busca de sus sueños.

Arturo apuntó la posibilidad de convertirla en casa para turismo rural, pero ella desechó la idea, mejor venderla, el dinero les vendría bien, iría al pueblo y haría los trámites necesarios. Ahora, allí sentada, en aquella cama de colchones de lana y dorado cabecero, se preguntaba ¿Cómo tener la fuerza suficiente para desprenderse de aquel legado? ¿No sería un sacrilegio hacer almoneda de todo aquello?.

Abrió las ventanas de par en par y dejó entrar el sol del mediodía; entonces, la luz insufló vida y como una corriente se extendió por todas las habitaciones, la casa no estaba deshabitada, sólo dormía. Oyó el cacareo de las gallinas en el corral, un trajín de pucheros en la cocina, y, de fondo, la melodía anunciadora de la novela en la radio.

Tal vez a sus hijos les gustaría venir una temporada al pueblo durante las vacaciones. El testigo que tenía en sus manos no era ni para siempre, ni para ella sola, era el cordón que la unía a la historia de los suyos.

Imagen: Una casa en el pueblo de Maribel Florez Bielsa

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