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jueves, 5 de marzo de 2009

A propósito de Juan Ramón Jiménez

En respuesta al agradable comentario que me hace Tino, en los comentarios a la entrada de Faustina, le contesto que esa casa que visitó en Moguer fue la casa de mi infancia, durante la guerra, adónde mi madre nos llevó, a mis hermanos y a mi, cuando mi padre tuvo que marchar al frente. Y que esa niña, Blanca, que se describe en “Platero y yo” vivió hasta los 84 años y tuvo 11 hijos, el tercero de los cuales soy yo.

Blanca es mi madre. Blanca Hernández- Pinzón Jiménez. El Jiménez, segundo apellido de mi madre, es el Jiménez de Juan Ramón. Y el de mi abuela Victoria que era hermana de Juan Ramón. El Jiménez de mi primer apellido es puramente casual: que mi madre se casó con un señor sevillano que también se llamaba Jiménez, José Luís Jiménez, mi padre.
Yo soy sobrino nieto de Juan Ramón por parte de madre.

Mi madre nació en la casa que es hoy Casa Museo de Zenobia y Juan Ramón, a la que los padres de Juan Ramón habían trasladado a la familia cuando él tenía tres años.
Casa ”que guardó mi infancia entre grandes salones y verdes patios”. Así la evocó y la describió Juan Ramón, desde el exilio, idealizándola, quizás, por la nostalgia.
Allí, como digo, nació mi madre, allí vivió con sus padres y sus hermanos durante su adolescencia y su juventud, de allí salió para casarse…

Y quiero señalar que en toda la Obra de Juan Ramón se asocian con frecuencia, con asociación psicoanalítica, estos dos términos analógicos: Madre y Casa, que se representan y se simbolizan mutuamente. Madre y casa. Casa que simboliza a madre, Madre que simboliza a casa. Se superponen en el alma añorante y nostálgica, y en los sueños de Juan Ramón, como en esos fenómenos oníricos del psicoanálisis de Sigmund Freud que, en su libro “La interpretación de los sueños”, se conocen como fenómenos de condensación y de desplazamiento: la imagen Madre se desplaza hacia la casa; la casa representa a la madre y ambas imágenes se condensan.

Voy a citaros un poema, entre varios que tengo recogidos, donde se condensan, entrelazan y se superponen las dos imágenes de madre y de casa: he elegido uno de “Diario de un poeta reciencasado”, 1916, cuando vuelve de Nueva York a Moguer:

“¡Qué bien le viene al corazón
su primer nido!
(su primer nido, su madre; su primer nido, su casa. Superpuestos y condensados.)
¡Con qué alegre ilusión
se torna siempre, volando, a él,
con qué descuido
se echa en su verde ramazón
rodeado de fe, de paz, de olvido!
…Y ¡con qué desazón
vuelve a dejarlo pobre y desvalido!
Parece que, en un trueque de pasión,
el corazón se trae, roto, el nido,
que se queda en el nido, roto, el corazón

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